¿Estamos viviendo un nuevo renacimiento propiciado por nuestra conciencia orientada a la sostenibilidad?

En la era del diseño centrado en lo humano, en la cual lo relevante es lo útil para el individuo en función de la experiencia, el producto y la comunicación son el resultado final de un mercadeo que se basa en la realidad social y no en las suposiciones.

En la edad media, caracterizada por el oscurantismo, se cubrió con un velo de ignorancia a la humanidad y la única certeza era que la vida de las personas estaba sometida a los designios celestiales y que de modo inexorable había que aceptar lo que se tenía. Más de mil años en los que el conocimiento estuvo reservado para pocos eruditos y la expresión del ingenio humano se limitó a la representación de lo sagrado y al ocultamiento de lo profano. En la medida en que el experto era experto, el ignorante era ignorante.

Por fortuna, y sobre todo por insistencia de la ciencia empírica nacida de las artes de la alquimia, surgió como respuesta el renacimiento. Como el Big Bang la humanidad vio resurgir la inspiración transformada en obras, no solo de arte sino de ingeniería, medicina, navegación y exploración. Cada nuevo descubrimiento fue enriqueciendo al capital de la producción humana y el hombre pasó a ser el centro del cosmos.

En el siglo XXI, 600 años después, asistimos a un resurgir del espíritu humano, que aunque no pueda parecer tan sublime como la era renacentista, sí es una reafirmación de la importancia del ser humano por encima del simple orden económico. En tiempos donde todo se hace más efímero cada vez, desde 1945 vivimos en un mundo de consumo en el que la orientación la dictó por mucho tiempo una industria activa que abastecía periódicamente a una sociedad deseosa y necesitada de productos que cada vez se fueron haciendo más complejos y llenos de accesorios.

De lo útil pasamos a lo útilmente bello y luego a lo superfluo. Recuérdese nada más como los electrodomésticos hasta hace poco tiempo cada vez incorporaban más botones, comandos y accesorios en la búsqueda de lograr la preferencia dentro de un mercado ferozmente competitivo. Los alimentos dejaron de ser commodities para constituirse en ejemplos algunas veces de extravagancia pura, la leche antes simplemente pasteurizada pasó a convertirse en un suplemento multivitamínico carente de lactosa y grasa. De bicicletas de turismo llegamos a mountain bikes   tan costosas como automóviles. Pasamos de 2 canales de televisión oficial a 142 canales de pago en HD y sonido Dolby Surround.

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El renacimiento en al arte desembocó en el llamado Rococó o Barroco Tardío, caracterizado por el exceso de suntuosidad y ornato, sensual hasta el límite y mundanal antes que espiritual. Más decorativo que funcional. En el mercadeo, se llegó y aún se llega a veces por fortuna cada vez menos frecuentes a niveles de sofisticación y enredo tales que lo que se logra al aplicarlo es simplemente dificultar la vida de los consumidores, es decir, de las personas. Es una pesadilla enfrentarse a una reclamación telefónica ante una compañía de servicios celulares, por ejemplo. Aún y como una mala costumbre, en muchas compañías, cada usuario o cliente tiene un “plan” distinto de facturación en función de su consumo, ubicación, ingresos, lugar de domicilio e incluso según género. A pesar de que el consumo del servicio en el fondo sea idéntico al de los otros.

La historia del arte enseña que todo es cíclico.  No hay estilo de arte que dure mil años ni hay quien lo resista. Así parece también que por fortuna, en el ejercicio de la profesión del mercadeo las modas van y vienen pero la esencia última que es el ser humano es la que permanece. Pasamos de “La Creación” como se bautizó a la obra de Miguel Angel en la Capilla Sixtina a la “Co-Creación”.

Renacimiento_Miguel_Angel_Capilla_Sixtina

Somos particularmente devotos de la creencia de esto último. De entender que el conocimiento es una virtud que enriquece a las experiencias y es tan capaz de cambiar al mundo como de mejorarlo e incluso salvarlo.

Entendemos que la innovación y la inteligencia creativa no son el patrimonio reservado para unos pocos eruditos y también somos unos convencidos de que el pensamiento de diseño, entendido como el aporte activo de las personas que buscan generar soluciones representadas en productos y servicios es una manera imperdible que tienen los productores y compañías para satisfacer necesidades y resolver problemas en la sociedad.

No es haciendo productos cada vez más refinados como se satisface a la demanda. Esa puede ser una de las moralejas del legado de Steve Jobs. Tampoco es elevando los precios para simular calidad o prometiendo en la publicidad la perfección y la felicidad eternas como el mercadeo hace lo que debe hacer y para lo cual fue creado. Es escuchando, aprendiendo del que sabe porque lo ha experimentado, entendiendo, construyendo con él y atreviéndose a romper paradigmas teóricos y costumbres como se logra producir soluciones.

Muchas veces el verdadero poder está en lo simple. Lo complejo y difícil es encontrar la simplicidad para luego poderla expresar de un modo atractivo y funcional. El mercadeo tiene que aprender del arte para poder seguir sorprendiendo a consumidores cansados o aburridos de comprar productos cuando lo que en verdad están buscando es una experiencia. En la medida en la que se entienda lo básico, se empieza a dominar lo complejo. La comunicación es básica, y el mercadeo también debería serlo.